LA TEORÍA DE LOS CONFLICTOS Y DE LA GUERRA

TEORÍA DE LOS CONFLICTOS Y DE LA GUERRA

“Toda guerra conlleva siempre lágrimas, sufrimientos, muerte, pérdidas, sangre y heridas. La guerra es implacable con todos, con los ancianos y los jóvenes, los cobardes y los valientes. No todos han salido con vida en medio de la metralla, de las explosiones de bombas, minas, proyec-tiles y sepultado por los escombros de los edificios.”

No hay dudas de que todo conflicto bélico es una caja de Pandora, donde se pueden encontrar muchas sorpresas. Con victoria o con derrota todos pierden. En el pasado, toda victoria era com-pensada con un botín, pero en el presente, toda victoria involucra una pérdida compensatoria para reconstruir y beneficiar al derrotado. Se logrará la paz después de la guerra, pero quedarán las grietas y las heridas a que conducen todos los conflictos bélicos. No hay dudas, solo quedará el sabor de justificar la guerra por la paz pero lo único válido y verdadero es que hay que evitarla. Pero en tanto que estas ocurrencias todavía encajan en el marco de la guerra, las cosas se tornan agobiantes e intelectualmente incómodas.

En un respecto, el advenimiento del bombardeo a largo alcance hizo cada vez más difícil separar los combatientes de los no combatientes, cuando las naciones trataron de usar el poder aéreo para ganar la guerra destruyendo recursos y minando el apoyo del pueblo al esfuerzo bélico, pero con la aparición de las armas nucleares y los sistemas misilísticos intercontinentales, este adelanto luce como que se hubiera llegado a cierta clase de conclusión ilógica en que la guerra nuclear re-sultaría en la aniquilación mutua de los adversa-rios y por tanto no serviría a una finalidad de política racional. Sobre este argumento, Bernard Brodle declaró en 1946 que las fuerzas armadas ya no tienen una razón de existencia racional que no sea disuadir la guerra.

Desde el punto de vista militar, se define el conflicto como el estado o situación de confron-tación, real o potencial, que afecta a la seguridad nacional. Mientras que la paz es claramente la meta, es posible estar en conflicto sin existir una declaración formal de guerra ya que el reconoci-miento de esta situación tiene unas exigencias de orden jurídico-político que han impuesto que en la actualidad se utilice el nombre más genérico de conflicto armado. El conflicto armado es la confrontación física entre colectividades organizadas, no necesaria-mente reconocidas a la luz del derecho internacional, caracterizada por el empleo de medios de combate con la finalidad de imponer una voluntad sobre la otra.

Es posible la existencia de un conflicto armado sin una declaración formal de guerra, ya que el reconocimiento de esta situación tiene unas exigencias de orden jurídico-político, que han im-puesto, que en la actualidad se utilice el nombre más genérico de conflicto armado, que es la confrontación física entre colectividades organizadas, no necesariamente reconocidas a la luz del derecho internacional, que en todo caso, siempre se caracteriza por el empleo de medios de combate con la finalidad de imponer una voluntad sobre la otra. La segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI marcan hitos de conflictos que dan realidad a los hechos. Hoy tenemos un mundo cada vez más convulsionado, donde las guerras son con-ducidas como factores de castigo y represalias por otros hechos bélicos.

Así debemos comprenderlo y entenderlo, ya que pese a la prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, conforme lo establece el artículo 2.4 de la Carta de la Naciones Unidas, la sociedad internacional parece compelida irremediablemente a padecer constantemen-te las convulsiones de la guerra y a conocer nuevas víctimas. Ya en el ocaso, aparentemente indiscutible de la época colonial, prevalecen en el mundo numerosos conflictos, en su mayoría producto de las políticas llevadas a cabo por las antiguas metró-polis. Ruanda, Eritrea, Angola, Kosovo, Tadjikis-tán, Argelia, Afganistán, Chipre, Israel o Chipre, son algunas de las constantes en los titulares que reflejan la violencia humana. Claro está, no son únicos, comparten las pri-meras planas y la preocupación de la comunidad internacional con otros frentes de la discordancia como Afganistán, Irlanda, Colombia, Cambo-ya y el silenciado Tíbet.

En su mayoría, estos conflictos son consecuencia de diferencias seculares entre grupos in-sertos en estas sociedades, que se mantuvieron latentes durante la época colonial, independien-temente de quien fuese la metrópoli, la cual usualmente estimulaba estas diferencias para imperar a través de la división local. Holanda, Portugal, Austria, Inglaterra y Francia, hicieron gala de su capacidad en el uso de esta táctica, afectando la vida actual de las que fuesen sus colonias.

Es de reconocer que otros imperios, como el de España o Italia, si bien cometieron errores en su administración, al menos dejaron instituciones capaces de garantizar la permanencia de una cultura aglutinante, con referencias sólidas. Sus antiguas colonias son las que presentan menor intensidad en los conflictos. Otros conflictos derivan de la incapacidad del liderazgo de la sociedad, para entender las consecuencias de la globalización, pretendiendo fre-nar los procesos evolutivos, sin entender que su anacronía no impide el acceso a la información y a la consiguiente formación de opinión por parte de los individuos.

Estos conflictos, originados en irritantes actuales o recientes, son los que carac-terizan a la región latinoamericana. La falta de un liderazgo sólido y auténtico, ha permitido que algunos de estos conflictos adquieran dimensiones superiores al territorio que le sirve de escenario y esto provoca reacciones de las naciones que pretenden fungir de líderes en la comunidad internacional. Reacciones que no pasan del plano de la retórica, ante la incapaci-dad de proyección del supuesto liderazgo.

Esta incapacidad tiene dos causas principales: en Europa, la preocupación de resolver problemas internos, que en su mayoría son de orden económico, absorbe la capacidad de esfuerzos de la dirigencia; mientras que los Estados Unidos, quien tiene el hándicap de su tradicional incapa-cidad para entender las culturas que le son extrañas, ha tratado de enfocar todos los fenóme-nos sociales desde una óptica económica, a veces con simpleza crematística. Y, si a ello se añade la actual fragilidad de sus instituciones, en jaque por la anticultura, repre-sentada estelarmente por el narcotráfico y el terrorismo moderno, que se distraen su atención, permiten que situaciones como la crisis asiática y la del Oriente Próximo escapen de previsión y control; y las acusaciones contra el Presidente norteamericano, le maniatan disminuyendo la capacidad de reacción internacional, producien-do repuestas lerdas, cuando no inconvenientes.

Ante esta evidente situación, los satélites girando sobre nuestras cabezas rompen las fronte-ras sin limitación posible, lo que nos permite divisar y percibir un mundo perturbado y repleto de conflictos: Israel – Líbano - Palestina, Afganistán, Colombia, El Salvador, Nicaragua, Chad, Irán- Irak, Namibia, Irlanda del Norte, Serbia, Guatemala, Perú, Etiopía, Kampuchea y Mozam-bique, conflictos que ofrecen realidades indeseadas a nuestra nueva visión del futuro y pareciera que pudiéramos apreciar que ha surgido una premonición nada deseada cuya premisa conlle-va a concluir en que la violencia política se está esparciendo por todo el globo como nunca antes se había visto anteriormente. Piensan los observadores e investigadores, que nuestra habilidad para producir cambios ha sobrepasado nuestra habilidad para controlarlos. Los cambios han sido acompañados de dislocaciones y trastornos.

Las viejas tensiones se han actualizado y cada vez más afloran fuerzas con-flictivas generadas por ideales religiosos, ansias de poder y hasta locuras románticas estereotipadas e históricas. Por su parte, la guerra o conflicto armado ha sido definida como “toda disidencia o pugna entre personas o grupos, o la simple oposición violenta” y penetrando en lo etimológico, nos vamos al concepto de La Academia de la Lengua, la cual refiere que guerra proviene del germano werra, o querella, que trata como el más belicoso do los pueblos.

Se ha insistido que el vocablo no procede del latín, donde tal acción se expresaba con las palabras bellum o duellum; y mucho menos de gerra, cuyo significado de escudo grande o un entretejido de mimbres. Se inclina por el sajón ger o wer, que generó en el alemán werh y en el inglés war. Muchos prefieren darle la procedencia del cel-ta gerra, transformado luego como werra y guerra en el latín bárbaro, donde también ubican el origen de germano, guerrero u hombre de guerra y el guerraman. En los pueblos latinos, la expansión del voca-blo guerra es de la Edad Moderna, mientras que en los tiempos medioevales se hablaba de fonsado, fonsadera, hueste y batalla en español o cas-tellano; mientras que en Francia se usa host, tence, teasere. También, para referirse a la guerra se emplea el término lid y facienda como lucha armada.

Ya a principios del siglo XIII se propagan en Castilla las voces de guerra y guerrear. Por último limitamos el concepto solo al “choque armado entre pueblos o bandos”, que es la estricta connotación militar y creemos que no se equivoca el sociólogo, cuando cree que el espíritu guerrero es innato en el hombre y la universalidad de la guerra, pasa de lo individual de los humanos a lo genérico de la humanidad en su funcionamiento como pueblos, naciones o Esta-dos, según la escala organizativa de los poderes y la cohesión de los grupos sociales. Podemos decir, que son inexistentes los pueblos donde no se hayan gestado o que no haya pagado el precio de una guerra; a pesar de que guerra es sinónimo de muerte, de enemistad, de rivalidad y de oposición. 

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